Cuando uno compara los sectores altos de Chiguayante, como Lonco o Manquimávida, con las zonas más bajas cercanas a la ribera del Biobío, las diferencias en el terreno saltan a la vista. Arriba encuentras suelos más granulares y competentes, mientras que abajo, donde la napa suele estar alta, predominan los limos y arcillas blandas. Esta dualidad geográfica, típica de una ciudad que se estira entre cerros y el río, hace que el diseño de pavimento flexible no pueda ser una receta estándar. En nuestro laboratorio hemos visto proyectos donde la subrasante cambia de arcilla plástica a arena limosa en menos de cincuenta metros. Por eso, cuando hablamos de pavimentos asfálticos en Chiguayante, partimos siempre por entender esa variabilidad local, complementando la exploración con un ensayo de CBR en terreno para no trabajar a ciegas con valores de libro que poco tienen que ver con la realidad de la Octava Región.
La variabilidad de suelos entre los cerros y la ribera del Biobío exige un diseño de pavimento flexible ajustado a la microcuenca, no a valores promedio regionales.
