Instalamos estaciones totales robotizadas y una red de inclinómetros fijados a 15, 30 y 45 metros de profundidad. Cada sensor se amarra a un datalogger que transmite cada 10 minutos. En Chiguayante el monitoreo geotécnico de excavaciones arranca con piezómetros de cuerda vibrante para medir la presión de poros en tiempo real. La arcilla orgánica de los humedales del Biobío cambia de volumen en horas. Por eso combinamos celdas de carga en puntales hidráulicos con lecturas de asentamiento en edificios vecinos. Un ensayo CPT previo nos entrega el perfil estratigráfico fino antes de colocar el primer sensor. Sin esa línea base el monitoreo pierde referencia y se vuelve reactivo.
Un inclinómetro bien instalado detecta 0.25 mm de desplazamiento a 30 metros de profundidad antes de que la grieta aparezca en superficie.
