Chiguayante se extiende sobre la terraza fluvial del río Biobío, donde predominan sedimentos arenosos y limosos depositados durante miles de años. Cualquiera que haya caminado por la ribera sabe que el suelo cambia en pocos metros: a veces firme, a veces blando. Esta variabilidad, sumada a una napa freática alta en cotas bajas, obliga a caracterizar el material con precisión antes de mover tierra. El análisis granulométrico con tamices e hidrómetro resuelve esa incertidumbre: separa las fracciones gruesas por malla y las finas por sedimentación, entregando la curva completa que el ingeniero necesita para clasificar el suelo y anticipar su comportamiento. Para obra en zonas de Chiguayante Norte o Lonco, donde los limos plásticos aparecen bajo el relleno, conviene complementar la granulometría con los límites de Atterberg y así tener el perfil completo.
Una curva granulométrica bien definida reduce la incertidumbre en el cálculo de asentamientos y potencial de licuefacción.
