El martillo Proctor cae con una cadencia precisa sobre el molde metálico, compactando tres capas sucesivas de suelo húmedo en el laboratorio. En Chiguayante, donde los proyectos residenciales e industriales avanzan sobre terrazas fluviales y laderas de la Cordillera de la Costa, este ensayo determina la máxima densidad seca que puede alcanzar un suelo y la humedad óptima para lograrlo. No es un simple trámite: es la base para que un relleno estructural no se asiente de forma diferencial con el tiempo. Trabajamos con dos variantes normalizadas: el Proctor Normal (energía baja, adecuado para suelos finos de formación Chiguayante) y el Proctor Modificado (mayor energía de compactación, exigido en bases de pavimentos y plataformas industriales). El equipo técnico opera dentro de un laboratorio con acreditación ISO 17025, calibrando balanzas y hornos cada jornada, y verificando la granulometría previa del material porque un suelo con bolones de río del Biobío requiere tamizado antes del ensayo. La humedad de moldeo se ajusta con precisión de medio punto porcentual, y la curva de compactación resultante es la referencia contra la cual se verifica la densidad in situ con el ensayo de densidad por cono de arena durante la ejecución de la obra.
La diferencia entre un relleno que asienta y uno que resiste un sismo está en el control de humedad y energía aplicada durante la compactación.
